Son pocas las veces que nos cruzamos con algo que nos atrapa hasta absorbernos. O, más bien, que sentimos la necesidad de dejarnos absorber. Lo que provoca esto puede aparecer en forma de objeto, de lugar o de persona, pero suele ser siempre lo mismo. Es un chispazo genuino que nos electrifica desde el primer momento. No se puede explicar con palabras porque da la sensación de que todo se queda corto. Es atracción, admiración, deseo y ansiedad, pero también es anhelo, interés, fascinación y magnetismo. Es querer hartarse de algo de lo que siempre quieres más y nunca tienes fondo.

Decimos que nos enamoramos, pero no es amor. Decimos que nos obsesionamos, pero no es obsesión. Va mucho más allá y es lo que siento por Paul Auster y Haruki Murakami.

Creo que es algo que trasciende a sus libros. Hay muchos escritores de los que me ha gustado todo lo que he leído, que admiro y que —creo— me caen bien cuando he visto sus apariciones públicas. Soy muy fan de Donna Tartt y de Mikel Santiago. También me gustan Sara Mesa, Stephen King, Anthony Horowitz, Agatha Christie, Paul Preston, Javier Marías, Pierre Lemaitre y Patricia Highsmith. Pero no es lo mismo.

Hay una conexión entre ellos y yo. Alguna vez he trabajado sobre conceptos y reflexiones que me he encontrado más tarde en sus textos. De verdad que, por raro que parezca, tengo la sensación de que mi cabeza y las suyas viven lo que nos rodea de forma similar. Que nos planteamos las mismas cosas y que afrontamos la vida desde la misma posición. Una posición cobarde o valiente, buena o mala. Quién soy yo para juzgarlo.

Desde que leí La música del azar y Tokio Blues —fueron las primeras novelas que leí de cada uno— ponerme ante sus escritos es verme reflejado de forma permanente. Sus protagonistas me escupen a la cara lo que soy, el concepto que tengo de mí, lo que me gusta y lo que no, lo que me da miedo y lo que deseo.

No es algo relacionado con la trama ni con los diálogos. Tampoco con los personajes ni con las acciones. No tiene que ver con lo que sucede en sus novelas, sino que parte de dos cosas: el estilo y el subtexto. Lo que leo entre líneas y el punto de vista desde el que miran es lo que me llama a gritos. Hace poco bromeaba con un amigo que le tiene cierta tirria a Paul Auster que yo me leería las instrucciones de una lavadora si fuese él quien las ha escrito. Y de veras creo que no miento.

Son los únicos que pueden contarme una historia distinta cada vez, aunque el texto sea el mismo. Porque tenga el momento vital que tenga, sus libros me acogen de la misma manera. Son mi casa.

Quería hablaros de ellos porque estoy convencido de que no sería el escritor que soy sin haberme encontrado con ellos. De hecho, probablemente no sería escritor de no haberme encontrado con ellos. Solo hay dos culpables de que hoy esté aquí.

¿Os ha pasado esto con alguien?


He repasado las trayectorias de cada uno para dejaros las tres novelas que más me atrapan, que no las mejores. Esas con las que conecto más.

Mis tres favoritas de Paul Auster

Mis tres favoritas de Haruki Murakami

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