Se nota mucho cuando un libro ha sido meditado hasta la extenuación. Es cierto que hay géneros que necesitan de una mayor planificación que otros, pero tener una buena escaleta es prácticamente imprescindible para que cualquier libro tenga cierta calidad. No hablo solo de trabajar para que no se nos queden cabos sueltos ni tengamos agujeros en la trama. Todo tiene que ser coherente y las acciones se deben desarrollar de una forma orgánica y natural. Además, enriquecemos el libro profundizando en los detalles desde el principio.

Queremos arrancar en el lector ese «¡Oh!, por eso estaba eso ahí desde el principio». Usar la pistola de Chéjov (si en el primer acto tienes una pistola colgada de la pared, entonces en el siguiente capítulo debe ser disparada), evitar los Deus Ex Machina, conocer de dónde vienen y hacia dónde van nuestros personajes, seguir el camino de las pistas que nosotros mismos estamos colocando…

Podemos jugar con las estructuras. Nosotros elegimos si queremos hacer tres o cinco actos, si dejamos un final más o menos abierto, si hacemos o no saltos temporales. Al final, se trata de contar la historia que tenemos en la cabeza de la mejor forma posible. Y la más entretenida. En un futuro haré un post hablando de los diferentes tipos de estructuras y cómo podemos trabajarlas.

Hoy quiero hablaros de la escaleta y de las fichas. Una escena, una ficha. Un diálogo, una ficha. Una acción, un gesto o un objeto, una ficha. Todo lo apunto en fichas. Una o varias de ellas, un capítulo. Yo trabajo así porque me es cómodo y, sobre todo, puedo llevármelas a cualquier sitio.

Vamos al principio. Una vez sé qué historia quiero contar o qué idea voy a desarrollar, las escenas se me empiezan a presentar. Ellas a mí, sin que yo vaya a buscarlas. Más tarde, habrá tiempo de descartar, pulir y encajar las piezas de un puzle. Normalmente tengo cinco escenas muy claras desde el inicio y, a partir de ellas, construyo el resto. Estas cinco suelen ser la escena con la que quiero empezar la novela, la que da inicio a la acción de la trama, dos giros importantes que deben ocurrir y la escena final.

Cada una de esas escenas la escribo en una tarjeta. Aún no sé del todo cómo va a suceder o cómo voy a contarlo, pero sé qué tiene que pasar. Por ejemplo: Daniel se despierta en una casa que no conoce junto al cadáver de su mejor amigo y huye despavorido. ¿Cómo es la habitación? No lo sé. ¿Cómo va vestido Daniel? No lo sé. ¿Qué pequeñas acciones hace Daniel desde que se despierta hasta que se va? No lo sé. No sé casi nada, pero ya lo sabré. Estoy en un punto muy primigenio.

Apunto también las otras cuatro escenas. Por ejemplo: La policía interroga a Daniel y él lo niega todo (inicia la trama); Daniel acude a la familia de su mejor amigo a preguntar si tenía enemigos y descubre que tenía una doble vida (giro); Daniel descubre que su amigo había fingido su muerte y en realidad está vivo (giro); Daniel está frente a un acantilado peleándose con su enemigo y en el forcejeo lo tira sin querer al mar (final).

A partir de aquí es cuando se pone todo más que interesante. Es posible que esos pequeños nudos de acción no me terminen sirviendo en la versión final. Además, si todo es susceptible de ser modificado incluso cuando la novela ya está escrita, más aún en este punto en el que no tenemos casi nada.

La idea es darle vueltas y vueltas ―y leer muchos libros similares para ver cómo resuelven ciertos conflictos― hasta ir uniendo esas escenas. Sé que, por ejemplo, entre la escena inicial y el detonante tendré que contar varias cosas: cómo es el mundo del personaje, sus conocidos, sus miedos, cómo es, cómo afronta las cosas… Sucede lo mismo con el resto. Qué cosas creo que tendrán que suceder entre el inicio de la trama y el primer giro, entre el primer giro y el segundo… Se parece a rellenar un mapa en el que sé de dónde parto y adónde voy, pero no sé por dónde.

Todo se va enriqueciendo poco a poco. Añado a la ficha de lo que sucede en el capítulo un diálogo que me se me ha ocurrido y me parece interesante, un objeto que utilizaremos más adelante, acciones que definen la personalidad del protagonista… Todo lo que vaya a tener un peso en la historia. Cuando me siente a escribir ese capítulo 1 tengo que saber qué voy a contar en él a la perfección. Es posible que siga sin saber cómo es la habitación si no tiene demasiada importancia. Es un trabajo que hacemos hoy para que, dentro de un mes, nos sea todo más sencillo.

Además, cuando piensas todas estas cosas, no solo te ayudas a ti mismo cuando te pongas a escribir. Es una forma de hacer de tu novela algo mucho mejor porque vas a poder cerrar todas las tramas, dar respuestas a todas las preguntas, engañar al lector si quieres hacerlo… Y, sobre todo, es una forma de entender si a tu historia le falta ritmo y cómo puedes imprimírselo, si hay una parte ―siempre es la parte central― que se cae a pedazos, si no has resuelto algo que debes resolver, si los secundarios son lo suficientemente necesarios o solo son muletas en las que se apoya el protagonista, si hay sorpresas y cuándo, si es entretenida o no.

Por eso, el primer paso para escribir una buena novela es trabajar en una buena escaleta.

Volviendo a mi próxima novela, os cuento que he trabajado bastante en ella estas semanas y tengo la escaleta ya casi finalizada. Falta añadir un par de cosas y resolver otro par. De momento, estoy muy contento con ella. Sigo creyendo que me va a dar muchas alegrías.

Por cierto, esa historia de Daniel y el cadáver de su amigo falso ―el amigo y el cadáver― no tiene nada que ver con ella y ha sido lo primero que se me ha ocurrido en el momento en el que he escrito este post. Así que si alguien quiere seguir adelante con ella, quizá no me importaría leerla en un futuro. Si tiene una buena escaleta detrás, claro.

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