
No estaba acostumbrado a tener tiempo para despedirme de los lugares ni de aquellos que los habitan.
La mayoría de mis últimas veces lo fueron sin yo saberlo. Como aquella novia de la que me despedí una noche con un beso en su portal y que me dejó por teléfono un par de días después. Me sucedió algo parecido con el instituto del que me expulsaron por insultar a un profesor, con el tabaco y con el peluche al que dormía abrazado para combatir el miedo a la oscuridad cuando era un niño. Un día formaban parte de mi vida y, de repente, se marchaban sin decirme adiós.
Por eso se me hacía extraño saber que era mi último día de trabajo y que en un par de meses se haría efectiva mi jubilación. Nada más llegar, como de costumbre, entré al vestuario, cogí un chicle de melón de la bolsa que guardaba en la taquilla y me puse el uniforme. Pantalón, polo, cinturón, placa y pistola. Saludé con un choque de puño a mis dos jóvenes y bromistas compañeros y me senté en mi mesa.
En la comisaría no quedaba nadie de aquellos con los que había empezado a trabajar, y menos mal, pues nunca llegué a hacer amigos. Todos me veían más cerca de interpretar el papel de acusado que el de víctima. Nunca les culpé por ello porque tenían razón. De hecho, más de una vez ayudé a alguno de los delincuentes que pernoctaban en los calabozos sin que nadie se enterara. Yo había estado en esa situación y sabía que, en un porcentaje muy alto, el que cometía el delito lo hacía desde la necesidad. No era casual, sino causal, que los barrios más peligrosos fueran, al mismo tiempo, los barrios más pobres.
Encendí el ordenador y comencé a leer y contestar mis últimos correos. Ya había dejado todo tramitado en las últimas semanas, por lo que ese último día solo tenía que paladear la despedida y entregar mis cosas en la dirección. Programé un email para la mañana siguiente en el que adjuntaba una carta agradeciendo el trato durante mis años de servicio a compañeros, jefes, malhechores y a la policía en general. Unas líneas llenas de clichés y medias verdades, acordándome solo de lo bueno.
Tenía que recoger mis cosas con tiempo porque era un desastre y lo había dejado para el final. Mi taquilla era el mismísimo reflejo del caos. Quien nace en el desorden, muere sin saber dónde dejó las gafas. Guardé las fotos de mi mujer y de mi hija en la cartera, el paquete de chicles en la mochila y leí uno a uno los papeles que había desechado durante tantos años antes de tirarlos. Había desde tickets de restaurantes y tarjetas de visita hasta correos impresos y flyers de varios negocios a los que nunca fui y que ya habían cerrado.
Junto a mi taquilla estaba el armero. Abrí la pequeña caja fuerte que tenía asignada y saqué dos cargadores. Siempre, desde que dejé de patrullar para ponerme frente a un ordenador ocho horas al día, la pistola que colgaba de mi cinturón estaba descargada. Al fin y al cabo, no la iba a usar.
Me senté en el banco del vestuario y empecé a contar las balas en voz baja y de dos en dos. Dos, cuatro, seis, ocho, diez, doce, catorce, dieciséis, dieciocho y… Faltaba una. Las dejé caer sobre el banco del vestuario y repetí el conteo. Dos, cuatro, seis, ocho, diez, doce, catorce, dieciséis, dieciocho y… Seguía faltando una.
Miré el reloj iniciando una cuenta atrás. Tenía seis horas para encontrarla.
Las balas se contaban con cierta regularidad porque era necesario un control por parte de los de arriba. Los psicópatas también podían aprobar una oposición en la que el premio era llevar una porra y un arma colgando del cinturón. Muchos entrenaban para superar el psicotécnico como el que practica la respiración para engañar al polígrafo. Si faltaban balas era porque se habían disparado. Incluso en las pruebas de tiro estaban contadas para que no hubiese problemas. Cada vez que se apretaba el gatillo, el que lo accionaba debía redactar un informe de los motivos que le habían llevado a ello. No sabía qué pasaba si algo no cuadraba, pero estaba seguro de que nada bueno. Un tribunal, una investigación, muchas preguntas, alguna que otra burla, una multa económica, una sanción disciplinaria, una apertura de expediente… Ninguna de ellas me venía bien.
Nadie contaba con que yo, en mi despiste habitual, hubiera perdido una bala en la comisaría. Era casi imposible que me la hubiera llevado a casa sin querer, aunque tuve que hacer memoria para rechazar esa idea. Como consecuencia de vivir en automático, tenía esos pequeños lapsus en los que guardaba una camiseta sucia en la nevera cuando quería echarla a lavar, en los que tiraba el caramelo a la basura y me metía el papel en la boca o en los que me echaba desodorante en el pelo en lugar de un poco de laca .
Fui directo a por mis dos compañeros. Se las pasaban haciendo bromas a todo el mundo desde que entraron y no me extrañaba que hubiesen podido hacerse los graciosos con algo tan importante. ¿Habéis estado rebuscando entre mis cosas?, pregunté en voz lo suficientemente baja como para que no me oyeran desde los despachos de dirección. Si tenemos que joder a alguien no será al que se va marchar, me respondió uno de ellos. No tendría la misma gracia, terminó el otro.
Volví al vestuario corriendo y me quedé en la puerta haciendo una panorámica. Todo estaba en silencio y recogido. No había muchos sitios en los que mirar. Fui al armero, pero solo estaban los dos cargadores que había visto antes. Las volví a contar, por si acaso, llegando al mismo resultado, así que lo cerré y taché de la lista de lugares en los que debía mirar.
Fui a mi taquilla y la vi habitada solamente por mi mochila, tal cual la había dejado. Era un cubículo sin recovecos ni compartimentos. Toqué todas las paredes por si a alguien se le había ocurrido pegarla con celo para que no la viera, pero no noté nada.
Me agaché y pegué la cara al suelo. Estaba frío. Paseaba la mirada por la estancia intentando divisar algo fuera de lo común. Llevaban sin limpiar debajo de los bancos mucho tiempo. ¿Qué haces ahí tirado?, me gritaron desde la puerta y yo, sobresaltado, me puse de pie lo más rápido que pude mientras me sacudía las rodillas para quitarme el polvo. Se me ha caído una lentilla y estaba buscándola, contesté. Pero si tú nunca has usado gafas, me dijo. Porque para eso me pongo lentillas, para no usar gafas, finalicé.
En mi mesa de trabajo tampoco estaba. En el bote donde guardaba los bolígrafos y subrayadores solo había un pendrive antiguo que me eché al bolsillo. Había vaciado los cajones el día anterior y solo había dejado el material de oficina que no quería llevarme a casa.
Llamé a mi mujer encerrado en el baño. Le pedí que mirara en casa, sobre todo en la cómoda y en el armario. Echó un vistazo en los bolsillos de los pantalones, en el joyero donde guardaba los relojes, entre mis cómics de Spiderman, en las cajas de zapatos y en las cajas del trastero. Me devolvió la llamada después de un buen rato. Aquí no hay nada, me comentó, y dudo que pueda encontrarla entre tus cosas con el caos en el que las guardas.
Mis compañeros, no solo los bromistas, empezaron a notar que algo no iba como debía. Me veían ir de un sitio a otro, mirar en las papeleras, hacer preguntas extrañas sobre si habían visto algo raro y sudar como si estuviese comiendo un cocido al sol en agosto. La mueca de mi cara iba cambiando con el paso de las horas. Mustio, agobiado, hastiado, agotado.
Salí a tomarme un café al bar que estaba frente a la comisaría. El dueño había tomado las riendas del local pocos meses después de mi entrada en el cuerpo, así que habían sido muchos cafés los que me había tomado allí. Lo habitual era que yo me sentaba en la barra y asentía mientras él me contaba sus ridículas fórmulas para salvar el mundo o sus teorías sobre la tierra plana.
Le había hablado sobre mi jubilación unos meses antes y estaba casi tan emocionado como yo. Que te jubiles tú significa que soy el siguiente, me dijo cuando se enteró. Por eso me recibió entre vítores y aplausos. A ojos de mucha gente, había vivido el sueño español: oposición, funcionariado y jubilación. A los míos, no tanto, y más si cerraba la etapa de esa manera.
Le conté el tema de la bala perdida mientras me servía el café. No tenía intención de recibir un buen consejo por su parte, pero le había pillado en un día de lucidez. No la has disparado, has rebuscado en la comisaría y no la has visto y tú mujer en casa tampoco… ¿Qué te hace pensar que la vas a encontrar en la hora que falta para irte?
Tenía razón.
Mi actitud ante los problemas se había manifestado de dos formas a lo largo de mi vida: correr para estrellarme contra ellos o huir en dirección contraria. Nunca acertaba. Cuando era un pequeño trasto que hurtaba en supermercados para pasar la tarde y me pillaban no podía hacer otra cosa que intentar que todo explotara y salpicara a todo el mundo. Conforme iba creciendo prefería huir hacia delante.
Era irónico que hubiese pasado de correr delante de la policía a ser yo el que llevaba el uniforme. Como si hubiese dado la vuelta al mundo y me hubiese colocado junto a los malos. Persiguiendo a los hijos de los que se criaron conmigo. Castigando a personas por lo mismo que yo había hecho. Hipocresía en estado puro a cambio de un salario decente.
Fui al vestuario a cambiarme. Metí el polo y el pantalón en una bolsa, la pistola con las dieciocho balas en su funda y la placa en el bolsillo interior de mi chaqueta vaquera. Me colgué la mochila al hombro y me dirigí hacia el despacho de mi jefe.
Hice el camino a cámara lenta y con Little Green Bag en la cabeza, como si fuese un Reservoir Dog. Dudaba si debía decir de primeras lo de la bala, si escurrir el bulto y dejar que fuese él quien cayese en la cuenta o, directamente, dejarlo todo en el suelo y salir corriendo.
Llamé a la puerta y esperé unos segundos a que me dieran paso. Al no haber respuesta, volví a llamar. Una voz casi inaudible me dio paso. Vengo a entregar el uniforme, la placa y esas cosas, dije. La relación con mi jefe no era la de dos personas que se conocían desde hacía más de quince años. Normalmente me preparo un speech porque para la gente que se va es importante que llenen este momento de emoción, respondió, pero tú no eres como los demás. Te lo agradezco, comenté, solo quiero llegar a casa, pedir unas pizzas y ver una peli con mi mujer.
Coloqué la bolsa con el uniforme sobre la mesa y la funda de la pistola junto a ella. Después,. saqué la placa de mi chaqueta. Una gota de sudor me recorría la sien y, para calmar la respiración, recurrí a lo que pacté con mi psicóloga como el remedio de emergencia: los chicles. Metí la mano en la mochila y palpé hasta encontrar la apertura de la bolsa. Cogí un par y, mientras mi jefe revisaba la bolsa de plástico, me metí un chicle en la boca. La explosión del melón me inundó las pupilas. Necesitaba un poco más de esa dopamina. Mordí el segundo chicle y ahí estaba.
Me vi a mí mismo dos años antes. Nos acababan de cambiar las armas y, con ellas, la munición. Estaba hablando con mi hija por teléfono y me contaba que se iba un año a estudiar al extranjero. Guardaba las balas en sus cartuchos y tenía el banco ocupado con mi ropa de calle, mi nuevo uniforme y mi bolsa de chicles. La taquilla hasta arriba de cosas que jamás guardaría nadie en una taquilla. Me vi cogiendo un chicle y tirándolo sin mirar dentro del armero. Vi la bala al fondo de la bolsa rodeada de pequeños melones. Otro pequeño lapsus que me había puesto al borde de un ataque de nervios años después, como cuando tiré la alianza al váter y me quedé con el papel en la mano.
Me saqué la bala de la boca y la escondí en el puño de la chaqueta. Quién me iba a decir que la experiencia ocultándole cigarrillos a mis padres en la adolescencia me iba a venir bien en un momento como aquel. Cogí la funda con la pistola y los cartuchos y esparcí todas las balas por la mesa. Empecé a hacer grupos de dos y contando en voz alta. Dos, cuatro, seis… ¿Qué haces?, preguntó mi jefe. Ocho, diez, doce, catorce… Echarte una mano para ir más rápido, contesté. Dieciséis, dieciocho, y una, diecinueve. Sostenía la bala entre mis dedos con una actitud triunfal que solo yo entendía.
Respiré aliviado.
Comprobó que el resto de cosas estaban en orden y me dio la mano. Nos despedimos con una formalidad que me daba arcadas. Salí del despacho y recorrí la oficina despidiéndome de todos. El chico nuevo de limpieza, el conserje, los patrulla que acababan turno y, por supuesto, los dos bromistas que estaban junto a mi mesa. No pretendía volver, a no ser que fuese para dormir en el calabozo.
Uno siempre vuelve a donde fue feliz y, desde luego, no podía renegar de lo que era. Mis amigos me decían, cuando empecé a trabajar allí, que vestir los colores del enemigo no me hacía hincha del equipo. De hecho, todo lo contrario.

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