El esperador

Daniela tenía 18 años cuando mató a un hombre de un disparo en la sien. Años después, cuando todo parecía olvidado, fue condenada a tres años y un día de prisión por homicidio imprudente.
Víctor se gana la vida esperando. Sus clientes le pagan por hacer la cola de un concierto o de una firma de libros. Él no es un recadero, no se excede en sus labores.
El día de su cuarenta cumpleaños los árboles lloraban hojas secas y su mujer, Daniela, ingresaba en una cárcel céntrica de Barcelona. Cuando alguien entra en prisión, todo el mundo se preocupa por cómo va a ser su vida allí dentro, pero muy pocos se plantean lo mucho que afecta a la persona que se queda fuera. Todo se paraliza y los planes se posponen.
Esta es la historia de una espera. Una espera de tres años y un día.

¿Cómo surgió El esperador?

Tenía dos ideas que, a priori, iban a ser proyectos diferentes.

En primer lugar, quería contar cómo me imaginaba que podía ser la vida de un hombre cuya esposa ha entrado en prisión. Me parecía que tenía un conflicto muy interesante sobre cómo la vida se pone en pausa y la aceptación de que la persona con quien uno se ha casado es una criminal.

​En segundo lugar, tenía otra idea un poco más conceptual: la monetización de la espera. Un personaje cuyos clientes le pagaran por esperar por ellos. Me parecía algo gracioso y absurdo, pero a la vez un poco triste y melancólico. Con un personaje así podía hablar sobre la ultraproductividad, sobre perder el tiempo y sobre la espera en sí misma como algo positivo. También, sobre la inacción como acción, pues no hacer nada ya es hacer algo y no decidir es, en la mayoría de los casos, tomar una decisión.

​Sin saber muy bien cómo ni cuándo, me di cuenta de que ambas ideas dialogaban entre sí. Sentía que por separado, quizá, no dejaban de ser conceptos lejos de convertirse en una novela, pero juntas me daban algo muy valioso: un personaje interesante y un universo en el que colocarlo.

Lo demás era puro oficio. Solo me quedaba sentarme y escribir.