
No fui un niño demasiado lector. A mi hermana mayor le gustaban mucho las novelas fantásticas de Laura Gallego. Yo la veía leer y, aunque intentaba que algo me atrapara de la misma forma que a ella, no sentía eso tan bonito que veía en sus ojos hiperactivos al recorrer una y otra línea, al pasar una y otra página. Quizá me faltaba tiempo para dejar atrás los libros de El Barco de Vapor y adentrarme en otros mundos, pero recuerdo la sensación de querer enamorarme de la lectura y no poder. Como si estuviera perdiendo un tren que siempre está esperando para recogernos cuando estemos preparados para subirnos.
Tendría unos nueve años cuando coincidí en el colegio con un profesor de inglés que nos ponía de vez en cuando alguna película en versión original. En una de esas horas cinéfilas, vimos Alex Rider: Operation Stormbreaker. Al final de la clase me acerqué al profesor para decirle que me había gustado mucho y me comentó que estaba basada en una novela. Si quieres te la traigo el próximo día, me comentó. Claro, le contesté. La devoré en dos tardes y se la devolví. Me ha gustado mucho más que le peli, le dije. Pues es la primera de una saga de siete libros, me respondió. ¿Quieres que te traiga mañana el segundo?
Ahí empezó de verdad mi inestable e intensa historia de amor con los libros. Estuve completamente enganchado durante esas cuatro semanas en las que mi profesor hacía de mi bibliotecario personal. Todo mi tiempo de ocio se basaba en leer las aventuras de Alex Rider que, por cierto, era un espía adolescente del MI6. Me llevaba la novela un lunes y el viernes la cambiaba por la siguiente. Fue la semilla de lo que se vendría más adelante.
Cuando le devolví a mi profesor la séptima y última novela —me he enterado ahora que hay cinco más— sentí el vacío que todo lector sufre cuando una trama y unos personajes ocupan gran parte de tus días. Así que querer tanto a algo o a alguien implica sufrir de esta manera cuando se va ¿no?, pensé. Y guardé un luto de unos cuantos meses. Me pasaba intentando encontrar en otros sitios lo que acababa de perder. Buscando a Alex Rider en unas páginas en las que no lo iba a encontrar y en un limbo en el que las novelas y cuentos infantiles se me quedaban pequeñas y las adultas demasiado grandes. Aún era muy pequeño para investigar con Poirot o Sherlock Holmes, aunque sí me gustaba ver alguna serie que no debía como El Internado o Prison Break.
Fue una etapa un poco rara que se alargó hasta bien entrada mi adolescencia. Idas y venidas, me rompes el corazón, yo te dejo a medias. Te abandono durante un tiempo para ilusionarte otra vez al cabo de unos meses. Una época más estable y de felicidad absoluta para que el aburrimiento vuelva a romper la relación. No muy alejado de lo que suele ser lo normal a los doce o trece años, aunque me gustaría decir que no querría que hubiese sido así.
A veces, al leer biografías de grandes escritores, pienso que nuestro amor no es tan grande. Muchos de ellos parecen tener muy claro que la literatura es algo que les ha acompañado desde niños. Y no sé el porqué, pero me da cierta envidia. Esas frases que dan cierto aura a los libros que publican: siempre supe que quería escribir porque siempre me gustó leer, me refugio en los libros desde que soy pequeño o, mi favorita, mis padres tenían una gran biblioteca en casa y yo los veía leer a todas horas. Yo no y, la verdad, me ha costado bastante tiempo aceptar que eso también está bien. O que hay amores que empiezan en la vejez que son mucho más intensos que otros que se alargan desde la adolescencia.
Paul Auster fue el que transformó esa relación tóxica y ambivalente en una mucho más estable y duradera. Sobre todo con La música del azar, primero, y Un hombre en la oscuridad, después. Me mostró que los libros, sobre todo los suyos, eran el objeto inerte más humano que existe. Iba mucho más allá del disfrute por leer, del querer saber si este y el otro terminan juntos o de si no sé quién mató de verdad a la hija del protagonista. La figura del libro que te encanta, aunque lo dejes a medias. La sensación de que una sola página te ha cambiado por completo la manera de ver lo que te rodea. Algún día contaré un poco más en profundidad mi obsesión por Auster que derivó en un delirio por Murakami. Ellos dos fueron el empujón que me faltaba para empezar a escribir.
Quería provocar lo mismo que ellos y, a partir de entonces, mi historia de amor con los libros cambió un poco. Ahora eran material de inspiración, casi de trabajo. Me preguntaba por qué un personaje susurraba y no decía o espetaba; por qué el bosque era oscuro y gigante y no tenebroso y enorme, o por qué se rascaban la cabeza o chasqueaban la lengua antes de dar una noticia importante. Creo que todas esas cosas en las que piensa el que escribe a veces no son tan importantes para el que lo va a leer más adelante. Al menos, no para todos los lectores. Habrá a quien le dé igual cómo sea el bosque, pero habrá otros que necesiten distinguir entre oscuro y tenebroso. Lo que sí sé es que el hecho de que el escritor le dé tantas vueltas a eso hace que todo ese mundo ficticio gane profundidad.
Entonces tenía unos dieciséis años. Los libros que leía no estaban entre las lecturas habituales de mis compañeros de clase, y aunque no tenía demasiadas personas con las que comentar estos temas—mi hermana de vez en cuando—, era lo que en ese momento necesitaba leer. Desde entonces, vivo en una época de regularidad y constancia en la que sobrepaso por mucho o no llego al reto de libros que me pongo a inicios de año en Goodreads.
Sigo en esa inestabilidad dejando libros a medias, leyendo en el tren y en la playa. Intento hacerlo antes de dormir y los fines de semana y compro libros para agrandar una librería que nunca seré capaz de consumir del todo. Me muerdo las uñas con Mikel Santiago y Joël Dicker, paso miedo con Stephen King y, de vez en cuando, aunque no demasiado, acudo de nuevo a los libros de Paul Auster para cargar el tanque de gasolina.
Probablemente me quede así para siempre.

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