
Hace mucho tiempo que no pienso en la falta de cariño. Se quedó de fondo, como si fuese el hilo musical de una tienda de ropa.
Esta mañana, cuando el sol se coló por los pequeños agujeros de la persiana del salón, me desperté confuso en el sofá. Las pestañas de arriba y abajo se habían convertido en tiras de velcro y solo el esfuerzo de abrir los ojos me hizo tener que tomarme unos minutos mirando el techo, sin poder hacer nada más. Cuando reuní las fuerzas suficientes, a la cuenta de cien, me incorporé. Tuve que quedarme un rato inmóvil, intentando acomodarme en los duros cojines que me regaló mi madre cuando me independicé. El silencio inundaba ese sitio al que antes llamaba hogar y que, después de muchos años, carecía de sentido.
Una botella de bourbon estaba sobre la mesa. Junto a ella, un vaso con dos dedos de agua teñida de un naranja apagado de las gotas que sobraron la noche anterior. Varias servilletas sucias, una caja de pizza con los bordes mordidos y un bote de mayonesa a la mitad parecían adorar el último número de la revista Cinemanía. Era el último porque en la portada se podía ver el póster de la película que vi, de estreno, la tarde anterior, pero parecía que había estado enterrada durante meses en el cubo de la basura. Tenía una mancha de salsa de tomate en el centro, las esquinas dobladas y algunas hojas sueltas por la mesa que había usado a modo de servilleta.
El resto del salón no paraba de contradecir ese caos. A mi izquierda, las cuatro sillas perfectamente colocadas en cada lado de la mesa, una frente a otra, de forma que si partías el plano cenital por la mitad quedaban dos imágenes completamente simétricas. Al otro lado, mi chaqueta gris oscura colgada del perchero y, sobre ella, la boina a juego que le robé a mi abuelo cuando era niño. Todo indicaba calma, menos la mesa. Tampoco era muy apacible la imagen que se reflejaba en la televisión apagada.
Despeinado, con los ojos rojos e hinchados y la mirada perdida. Sin reconocerme. Vestía una camiseta que promocionaba una campaña de Coca-Cola en varios pueblos de África y que utilizaba para dormir, para hacer deporte, para dar una vuelta y para cualquier cosa que se me pusiera por delante. La manta que me había arropado mientras dormía me cubría las piernas, que reposaban en posición de buda sobre el sofá. Había tocado fondo meses antes, pero en ese momento me hice consciente.
Ella me dejó a principios de año. Desde entonces, toda mi vida fue una huida hacia delante. Dejé el trabajo del que ella me recogía por las noches, me mudé a la casa que tenía antes de irnos a vivir juntos, cambié las rutas de mis paseos para dar tumbos por cualquier calle desconocida y me prohibí comer en los sitios a los que iba con ella. Había evitado todo lo que me pudiera hacer daño hasta que encendí la televisión.
Una reportera paraba a varios jóvenes por las calles de Madrid y empezaba a hacerles algunas preguntas que luego contrastaban con las respuestas que habían dado unos cuantos ancianos: ¿Cuál es el mejor consejo que te han dado en la vida? ¿Preferirías vivir en tu ciudad para siempre sin poder viajar nunca a ninguna otra o poder viajar a cualquier ciudad, pero no poder vivir nunca en la tuya? ¿Qué es lo mejor que un desconocido ha hecho por ti?
Yo contestaba vagamente y para adentro, sin meterme en demasiado conflicto. No sé, que no me comiera unos cacahuetes que resultaron estar envenenados, dudé, mi padre no me daba consejos vitales cuando era niño, continué, aunque ojalá me hubiese dicho qué hacer cuando no sabes qué hacer, concluí. Ahora mismo, viviría en cualquier ciudad menos en esta, me autoconvencía. Al pensar en esas personas que habían sido figurantes en muchas escenas de mi vida, me acordé de un chico con el que coincidí brevemente con veintiún años. Supongo que él no se acordaría de mí porque fue algo sumamente cotidiano.
Mi etapa en la universidad fue bastante solitaria. Nada nuevo a ojos de mis padres. Para ellos el éxito social dependía directamente de la cantidad de mensajes que recibía a la semana y de las cañas que compartía de viernes a domingo. Tenía un amigo del instituto que, sumado al amigo que hice en la facultad de derecho de la Universidad de Zaragoza, hacían un sorprendente total de dos personas. No necesitaba más y, de hecho, ellos no se conocían apenas. O quedaba con uno o hacía planes con otro, pero casi nunca los tres juntos. Imaginaba que para solucionar los problemas con uno necesitaría al otro y si se me ocurría formar un grupo de tres, no tendría con quién enmendar las grietas. Eso y que, aunque lo reconozco con la boca pequeña, me daba un miedo terrible a que los dos se llevaran mejor entre ellos que conmigo por separado.
En la carrera, nuestra clase de cuarto estaba frente a la clase de los del Máster en abogacía. Uno de los profesores solía ir dando tumbos entre las dos aulas y bromeaba asiduamente con que era uno de esos villanos de videojuego que lo matas en una pantalla y te espera más fuerte en la siguiente. Al principio nos hacía gracia, pero a la larga, cuando volvía a hacer referencia a ello, empezabas a cogerle cierta manía. Durante los descansos, al salir todas las clases del aulario a un mismo vestíbulo, nos juntábamos un centenar de futuros defensores de víctimas y culpables. Eso significaba una cosa: colas en todos sitios. En el baño, en la fuente de agua y, sobre todo, en la máquina expendedora de galletas y chocolatinas.
Un lunes lluvioso y frío a media mañana y en ayunas, me las apañé para hacer las filas de la máquina de café y de la de las galletas al mismo tiempo. Me había despertado tarde y había llegado corriendo y sin aliento a la segunda clase de la mañana. Pulsé los botones que me darían un café cortado y, mientras este se hacía, empecé a marcar el código de mis galletas favoritas. Las galletas cayeron a la vez que mi café terminó de prepararse y, en una dicotomía absurda, me decidí por la cafeína. El chico que estaba detrás de mí y con el que había discutido porque se me intentó colar mientras me hacía el café cogió las galletas y salió corriendo.
Todos miraron la escena con asombro, incapaces de hacer ningún movimiento. Ese tipo de situaciones que te dejan tan paralizado que después te arrepientes de no haber hecho nada. Mientras me iba hacia mi aula con el café en la mano, mi mirada se cruzó con la de un alumno de primero. No sé si de forma activa, pero me transmitió la mayor sensación de compasión que he sentido en toda mi vida. Durante ese segundo, tuvimos la conversación silenciosa más larga de la historia.
Ese es el desconocido del que me acuerdo. O al menos, el primero que se me viene a la cabeza. Era rubio, de ojos verdes y llevaba aparato. Tenía la mandíbula muy marcada a pesar de tener un ligero sobrepeso. Ese día vestía una camiseta con el póster de Regreso al Futuro y unos vaqueros claros, desgastados y de pernera ancha. No fue solo ese momento el que compartí con él, pero no estoy seguro del todo. Quizá mi desconocido sea más conocido de lo que pienso.
Nos cruzamos más de una vez por los pasillos de la facultad, o eso creo. Desde aquel episodio de las galletas robadas, empecé a fijarme en la figuración de todas las escenas que vivía. Esas personas que están al fondo de la cafetería en la que quedé con mi tutor para revisar el trabajo de fin de carrera. Ese compañero de vagón que se subió en Goya y se bajó en Quevedo. Esa familia que iba delante de mí en la cola del Guggenheim en el único viaje que hice a Bilbao. Ese camarero que me atendió en un bar de Londres que jamás volveré a visitar. Esa anciana que hacía topless en la playa. Ese niño que se cayó del tobogán en el parque. Esa chica que me llevó a mi asiento en el teatro y ese hombre que me sujetó la puerta del baño cuando él salía y yo entraba. Y a pesar de estar pendiente de ellos, he olvidado sus caras, sus gestos, su forma de dar las gracias y de decir adiós. Al menos, las de la mayoría de ellos.
Creo que, muchos años después, me volví a cruzar con mi desconocido. No estoy seguro porque su pelo rubio era unos tonos más oscuros y los ojos menos verdes y más marrones. Era mucho más delgado y la mandíbula seguía estando marcada. Vestía una americana azul clarito y una camiseta blanca, un pantalón negro de lino y unos zapatos oscuros.
Ese día estaba en el centro. Había ido a comprar un par de libros a uno de mis locales favoritos. Teresa, que era la encargada de la librería, era simpática y me orientaba siempre en mi siguiente lectura. Me hacía sentir que las recomendaciones estaban personalizadas y que no tiraba de una lista de El País sobre los cincuenta clásicos que hay que leer antes de morir mezclada con otra de lista de JotDown sobre los libros buenísimos, existencialistas y poco conocidos de la última década.
A la salida, con la mochila cargada de nuevas lecturas me dispuse a hacer eso que siempre odié: leer en una terraza al sol. No odiaba el acto, sino la imagen que se proyectaba de él. Me daba la sensación de estar en un escenario fingiendo hacer algo que la gente vería como intelectual, profundo y reflexivo. Haciendo algo por los demás, mucho más que por mí mismo.
Tras callejear un poco, llegué a una plaza por la que nunca había pasado. Era una placita pequeña con un par de bares en las esquinas opuestas. Me senté y pedí una cerveza. Abrí la mochila y saqué uno de los libros que Teresa me había recomendado. Poco a poco, paladeé cada párrafo, cada línea. Me metí de lleno en esas páginas. Tanto que, por un momento, odié la interrupción.
Un chico de más o menos mi edad me saludó desde lejos y se acercó a mí. Yo me levanté, intentando al principio ubicar en mi pasado a una persona como él. Fui incapaz hasta que estuvo a dos metros. Me dio la mano con efusividad y me dio un abrazo. Uno tierno y más largo de lo habitual. Al separarnos me lo pregunté. ¿Acaso no es el chico de la compasión cuando me robaron las galletas? ¿Es él o no lo es? En caso de que no lo sea, ¿quién diablos me acaba de abrazar de esta manera?
Empezó a hablarme de un montón de cosas. Estaba muy ilusionado por verme y yo no fui capaz de cortar su retahíla de anécdotas. Me preguntó a qué me dedicaba ahora, si estaba casado o si tenía hijos, si recordaba lo bien que lo pasamos en ese viaje a Salamanca y que si había vuelto a ver a alguien de la facultad…
―A ti, ahora mismo ―le contesté.
La broma le hizo mucha gracia y me respondió con un sincero siempre has sido la bomba, Roberto. Me habría sentido halagado por su comentario, solo que yo no me llamo Roberto. Ahí caí en la cuenta de que en realidad se había confundido y de que yo era para él lo mismo que él para mí. Un desconocido.
¿Acaso no estaba buscando eso? Aunque lo que yo buscaba era a mi desconocido. Yo quería al mío. Necesitaba su mirada compasiva otra vez. Durante los cinco minutos que duró la conversación supe que había estudiado derecho y que lo abandonó en cuarto para dedicarse a la actuación, que su perro se llamaba Marty ―algo que me podría indicar cuál es su película favorita― y que perdió muchísimo peso cuando se fue a vivir a Granada.
―La ansiedad ―me dijo―, es la mejor dieta y la peor compañía.
Se despidió con un abrazo. Esta vez fue un poco más fuerte y un poco más corto y yo volví a acordarme de la compasión del chico de la facultad. Hacía mucho que no me abrazaba a alguien dos veces en tan poco tiempo. Fue como si se apagara el hilo musical de la tienda de ropa. Un silencio placentero lleno de tranquilidad.
Pasé el suficiente tiempo sentado en el sofá antes de levantarme. Apagué la tele, fiel compañera que me hizo amena la espera de la recuperación y me puse a limpiar. Recogí toda la basura en la caja de pizza. Vacié lo que quedaba de la botella de bourbon en el fregadero y pasé una bayeta húmeda por los muebles del salón. Subí las persianas y dejé que el sol me golpeara en la cara. Me estiré todo lo que pude y, cuando estaba todo en orden, cogí mi mochila y salí a la calle.
Paseé por las calles por las que paseábamos y me metí en el restaurante de sushi al que íbamos una vez al mes. De allí, busqué una terraza al sol en la que pedirme un café. Abrí la mochila, cogí el último libro que le compré a Teresa antes de que traspasara el local y me puse a leer. No había nadie en la calle. No había público, no había por quién actuar, no había nada que me retuviese en el pasado.
Solo me rondaban de aquella época dos desconocidos y un abrazo.

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